La ermita de Tarna preside la pequeña calle principal del pueblo, en el extremo asturiano del histórico Puerto de Tarna, paso de montaña documentado ya en el siglo XII, cuando Alfonso VII donó la villa a su mayordomo Martín Díaz y se estableció aquí un hospital de peregrinos y viajeros que cruzaban hacia León. Tarna fue durante siglos punto de parada obligada en esa ruta, y su templo religioso da fe de la importancia que tuvo esta aldea de alta montaña. Se trata de una construcción de piedra sencilla y recia, con una pequeña espadaña de dos vanos para las campanas, un pórtico de acceso y una fachada que cierra visualmente la calle del pueblo, en un conjunto muy fotogénico con las montañas de fondo. Su arquitectura, austera y funcional, es típica de las capillas de los pueblos de montaña del centro de Asturias. Un dato curioso: el origen de Tarna no está del todo claro, y algunos historiadores han apuntado a una posible presencia sefardí por la abundancia de apellidos de raíz judía documentados en el pueblo, aunque la teoría más aceptada sitúa su origen en su posición estratégica como paso entre la costa cantábrica y la meseta, con posibles antecedentes prerromanos.
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