El escultor vasco Eduardo Chillida empezó a buscar un emplazamiento junto al mar para esta obra en 1985. La búsqueda terminó en 1986, cuando el ayuntamiento de Gijón le ofreció un lugar en la costa de la ciudad, en el Cerro de Santa Catalina, un antiguo enclave militar de acceso restringido que el consistorio planeaba convertir en parque público. Chillida visitó el emplazamiento en octubre de 1987 y lo confirmó como sede definitiva de la escultura. Realizada íntegramente en hormigón, con un peso de 500 toneladas y 10 metros de altura, se sostiene sobre dos pilares que sujetan una elipse casi cerrada, evocando dos brazos que simbolizan la unión entre la tierra y el cielo y que, de algún modo, marcan el límite entre ambos. Chillida realizó varias maquetas a pequeña escala, en acero y madera, hasta llegar a la forma definitiva de la obra, erigida en 1990. Pese a que en sus primeros años despertó el rechazo de buena parte de los gijoneses, con el tiempo se ha convertido en todo un símbolo de la ciudad y en uno de los miradores más fotografiados de la costa asturiana, con el Cantábrico como telón de fondo.
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Acceso
Fácil, en el parque del Cerro de Santa Catalina
Recomendaciones
Ve al atardecer para disfrutar de la mejor luz sobre el Cantábrico, y combina la visita con un paseo por el parque del Cerro de Santa Catalina y el barrio de Cimadevilla.
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